El sujeto en las fronteras: pasajes, diversidad, encuentros

Lic. Luis Vicente Miguelez-Director Científico

 

Es una alegría haber escuchado esto que nos ha traído Carlos Martínez Sarasola. Hace tiempo que venimos pensando y tratando de hablar de este concepto de frontera. Hay un término que me parece horrible que ha caído muchas veces dentro del lenguaje de los psicoanalistas, que es la noción de fronterizo; me parece que es algo que debemos descartar de nuestro vocabulario, nos haría bastante bien.   

Esta idea de frontera hace mucho que la vengo pensando, hace mucho que la estamos trabajando en  Reuniones, ya desde la primer jornada habíamos incluido: “Fronteras de la Subjetividad” en el título y es porque pensamos que es ahí donde se desenvuelve lo más importante de nuestra actividad como psicoanalistas. Nosotros trabajamos en la frontera, que es  donde se constituye el sujeto. Y lo que has traído hoy, esa frontera poblada que ha desaparecido, esa frontera rica en diversidad, creo que es algo que nos interesa recuperar en cada acto analítico, en cada encuentro que proponemos.  Tengo anotado algunas cosas en este sentido que quiero compartir con ustedes.  

Parto de la idea que hay una manera de pensar la  frontera y es la que imagina una línea, un límite que divide espacios, - la famosa zanja de la que nos habló Sarasola - y hay otra que la piensa como una zona intermedia, que separa, que reúne al mismo tiempo lo uno y lo otro. Si queremos encontrar la manera de representarnos esta zona, zona ricamente poblada,  creo que la manera más interesante es la de pensar en el juego infantil,  dónde se desarrolla éste y cuál es la forma particular en que se presenta el juego para un niño. El niño reúne objetos de la realidad, un carretel por ejemplo - sabemos los analistas del famoso carretel que nos ha legado Freud -,   y los usa al servicio de una realidad interna. Sin necesidad de alucinar, los objetos se convierten en otra cosa de la que son gracias a ese acuerdo compartido con otros que tiene carácter verdaderamente metamorfoseador; él mismo puede ser otro del que es sin despersonalizarse.

Yo creo que la frontera pensada en esta dimensión, es un lugar de transformación de lo que es. Las cosas en la frontera sufren una especie de ablandamiento del ser, son arrebatadas a la lógica de lo uno o de lo otro. Lo que recién escuchamos sobre la frontera nuestra, de nuestro país, que mostraba esa diversidad y  las transformaciones que se producían tanto en los sujetos como en las cosas que pasaban por la frontera.

Lo que cae en la frontera no espera decisión alguna sobre si se trata de esto o de aquello, más aún, no conviene la pregunta; si un chico juega trepado a una silla que está manejando una locomotora, preguntarle sobre la realidad del objeto a lo que conduce es, efectivamente, a arruinar el juego, a cerrar la frontera.

Primera cuestión que quiero señalar: todo objeto verdaderamente significativo, y con esto quiero decir que pertenezca a la economía del deseo, se constituye en la zona de frontera. Tomemos por ejemplo el cuerpo, el cuerpo propio, sabemos que las primeras definiciones del sí mismo y del cuerpo son recibidas por el niño desde afuera, desde las palabras de su madre. El niño empieza a verse a sí mismo con los ojos de su madre, su cuerpo es – por decirlo metafóricamente – bañado por las palabras amorosas de la madre. Sus manos, sus brazos, piernas, cara, son nombrados con un lenguaje propio, por una melopea materna acariciante. El “pipí”, el “bububu”, la “maninita”, toda esa secuencia constituye el valor primordial de la lengua para el sujeto.

La palabra – y esto lo aprendimos como analistas – no es esencialmente información, no tiene principalmente función referencial, no apunta a mostrarnos un referente, sino que viene a crear la “maninina”, el “piecito”. No viene a informar sobre la mano o sobre el pie. En su origen la palabra es verdaderamente performativa, no habla de las cosas, hace cosas. La palabra transforma lo corporal en cuerpo erógeno. Más aún, no podríamos hablar de forma corporal si no es por el encuentro con el amor del otro que aporta con su melopea inicial una dimensión que es la de la conformación estética del cuerpo. El cuerpo, para el hombre, es ante todo objeto estético y la palabra del otro es formadora de una corporeidad estética.

Desde el fuero interno de cada uno, sin mediación del otro amoroso, sin mediación de las caricias erógenas de la melopea materna, el sujeto jamás hubiese podido pensar su corporeidad en términos diminutivos amorosos y con tonos afectivos acariciantes, jamás hubiese podido hablar de su manito como lo hace el niño y el no tan niño. De esta manera expresa la actitud del otro hacia uno, sea esta efectiva o deseada. Todo niño experimenta primeramente su “manina” o su “pililin” ante que su mano o su pene. El bebé pasa primero por la “manito” para después poder utilizar su mano.

Hoy escuchaba a Héctor Malamud en una mesa anterior y  nos daba una verdadera clase de cómo el cuerpo podía transformarse en distintas cosas, en un sillón, en un canario, podía transformarse en una vela y efectivamente lo creaba ahí, lo creaba ante nosotros. Mostraba una corporeidad que no estaba atada a la función estatuaria de nuestro cuerpo en sociedad sino, que mediada por la capacidad creadora de este artista, introducía en nosotros que estábamos ahí la posibilidad de, en cambio de ver una mano, divertirnos con el títere en que esa mano se transformó. Que estuviésemos allí también era importante para sostener ese juego teatral, estábamos también como otros para sostener esta ilusión compartida donde el cuerpo podía ser otra cosa que una estatua.

La función estética, verdadero operador humanizante, se produce en la frontera entre lo que se experimenta intrínsecamente y lo que viene de afuera, del otro, envolviendo, dando forma. La forma es la frontera misma, decía Mijail Bajtin.

Si las palabras del otro vienen a conformar a dar forma al cuerpo es porque la madre no se dirige al bebé con palabras con las que se dirige al adulto, sino que introduce modificaciones en la cadena sonora que copian los sonidos que emite el propio chico.

Sabemos por la clínica sobre síntomas patológicos que pueden aparecer en niños a los que sus madres se han dirigido desde  bebés como hablándoles a un adulto, patologías psicosomáticas que pueden llevar hasta una sordera, sordera que no es de los sonidos sino de las palabras, sorderas del lenguaje. Si el lenguaje del otro materno se constituye sólo con la convención de signos que le aporta la lengua, no solamente sería ineficaz para conformar el cuerpo erógeno del bebé, la “manito”, sino que perdería su carácter de palabra. Por el contrario la madre produce modificaciones en su hablar introduciendo y reproduciendo los sonidos que toma de la masa sonora que emite el chico, masa sonora amorfa de la que recorta ruiditos que convierte en verdaderos significantes al darle lugar en su propio hablar. Esta creación en su diálogo con el bebé, de un hablar que incorpora los sonidos que este bebé produce convertidos así en significantes de la lengua, da nacimiento al lenguaje. La madre que habla a su bebé con esa melopea peculiar permite que éste se reconozca en esa melodía fonética como hablante, anticipación de un hablar propio. Se puede tomar verdaderamente la palabra si esta no es algo totalmente ajena, si no es cuerpo extraño sino que está conformada con materia del propio cuerpo.

Como ven lo que estoy diciendo es que no es suficiente, como a veces pensábamos, que la madre de sentido a los llamamos sonoros del bebé, cosa que efectivamente constituye lo que Winnicott bien llamó: “la locura necesaria de las madres” que escuchan que el bebé dice cosas cuando sólo emite ruiditos. Pero esto es insuficiente, si bien necesario, porque  también se necesita que utilice esos mismos ruiditos que produce el bebé como significantes válidos en el diálogo con él. Significantes válidos para crear un lenguaje propio que los introduce en la lengua, haciendo del gesto sonoro del niño un lenguaje reconocible y utilizable con el que este se pueda identificar.

Esto entiendo que es fundamental porque si nos remitimos a una de las patologías más graves de la infancia como es el autismo, lo que encontramos es que para la madre y para el chico, de uno y del otro lado, lo que emiten son cuerpos extraños. No es que sean dos lenguas extranjeras y que no se comprenden, son cuerpos extraños, no se llegan a constituir como lenguas.

Efectivamente la lengua extranjera es la alteridad. Hoy también en otra  mesa se decía que el mayor punto de la alteridad es la lengua extranjera, pero para que sea verdaderamente alteridad y no cuerpo extraño tiene que haber un reconocimiento de ella como lengua y esto también nos remite a la frontera. Había unos personajes medievales que me parecen muy interesantes porque tienen mucha proximidad con nuestra tarea como analista, que se llamaban los intermediarios; estos intermediarios tenían una particularidad, que era que iban con las caravanas que salían hacia territorios desconocidos mas allá de sus propias fronteras, de sus  civilizaciones protegidas y conocidas para avanzar sobre lo que podía ser lo desconocido, lo otro, la barbarie. Estos intermediarios que participaban de estas caravanas tenían la doble misión de traducir las lenguas con las que se iban a encontrar los viajeros haciendo de lenguaraces, pero también y esto es lo que quiero destacar,  introducían a estos en la posibilidad de que escucharan esos ruidos que los otros extraños iban a realizar en el camino, como lenguas; es decir, introducían la capacidad de reconocimiento y aceptación sobre eso que iban a descubrir. De que manera lo lograban, simplemente volviendo lo desconocido, lo extraño, lo extranjero en algo curioso, sorprendente, relatando sobre los “otros” historias interesantes, es decir creando un mundo.

Yo pienso que cuando alguien está trabajando como analista con un chico autista, introduce entre el  chico y la madre la posibilidad de que ese chico no sea un cuerpo extraño para la madre.  Un analista cuenta que viendo al paciente dar vuelta alrededor de la luz, mirando la luz, que es un gesto característico de los autistas, dando vueltas  perdido mirando un foco, le viene la idea – el chico pertenecía a la comunidad turca – de que representaba a los derviches circulantes, que daban vuelta y entraban en éxtasis místico. Al comunicarle esto la madre cambia y ya no siente el horror que sentía cuando lo veía girar, aporta una mirada que empieza a humanizar a este chico que era una cosa extraña. No decimos que de esto se trata la cura de un autista sino que es su posibilidad.  

La palabra verdaderamente constituyente si bien proviene del otro no nos es ajena; forma paradojal que constituye esa zona de frontera, espacio de la experiencia donde la superposición de lo propio y del otro juegan juntos, con sus equívocos y con sus aciertos. Es en este espacio de superposición  donde transcurre lo mejor de nuestra vida.

Hoy hablaron también en esta jornada de la fraternidad, María Rita Kehl hablaba de lo fraterno,  yo creo que lo fraterno es también esta posibilidad en la que cada uno esté con cada uno de los otros en una actividad compartida, en ese espacio de superposición, en ese espacio de frontera.

Si la palabra viene a recortar en uno una dimensión plenamente significante para la que estaba ciego y sordo, es porque la mirada y la escucha del otro aporta un excedente en cuanto me ve y oye en perspectiva, no idéntico a mí mismo, más allá y más acá del espejo. Mirada y escucha que introduce el siendo como forma inacabada del ser. La mirada y la palabra del otro constituyen un acontecimiento para mí mismo, un modo singular de articular continuidad y transformación. En tanto cualquiera de mis gestos, de mis palabras, invocan la presencia del otro, puede que retorne sobre mí, sobre lo dicho, sobre lo actuado por mí, algo más que el reconocimiento, puede retornar una mirada, una escucha que descubra otro decir en lo dicho, otra imagen en lo reflejado. Este es el lugar del analista.

Una pequeña viñeta de Winnicott que me parece ejemplar. Escuchaba un paciente que hablaba, un paciente que se quejaba de su inautenticidad en la vida, de que si bien las cosas le podían ir bien, él no sentía que le sucedía nada verdadero, en un momento Winnicott se le cruza algo por la cabeza y lo dice. Lo que le dice es esto: “-mire, yo estoy escuchándolo y en lo que dice escucho una mujer que habla de la envidia al pene”. Silencio y sorpresa también, porque qué le estaba diciendo Winnicott. El paciente, después de ese silencio dice: “-si yo hubiese hablado alguna vez de esto con alguien, me hubiesen considerado un loco, si hubiera hablado de esta mujer que llevo adentro”; y Winnicott le dice: “-no, el loco no es usted, el loco soy yo, que ahí donde veo y oigo a un hombre yo escucho una mujer y veo una mujer hablando de la envidia del pene”. Con eso pone en juego ese decir que habita a ese paciente y que era el  fuerte deseo de su madre por una niña cuando él estaba por nacer, y que su nacimiento como varón no llegó nunca a desmentir la realización de ese deseo materno.

Lo que quiero con esta viñeta destacar es  que el dirigirnos a un otro puede aportarnos la experiencia fundamental de la falta de coincidencia de uno consigo mismo. El excedente de la mirada y la escucha del otro nos procura algo distinto al espejo. El espejo, en cambio, pretende mostrarnos tal como somos y nos engaña porque oculta tras la imagen reflejada lo inconmensurable de la mirada. Lo que el Psicoanálisis viene esencialmente a aportar de nuevo, no de novedad sino de nuevo, en el sentido de volver a tratar, es el utilizar este excedente de la presencia del otro como un medio de cura, posibilidad de una escucha que no clausura en el tú eres eso o tú no eres eso, la demanda de reconocimiento que plantea un paciente.

 Si la escucha del psicoanalista no clausura es porque recorta en ese “bla, bla, bla, bla” que se les dirige aquellos ruiditos que hace retornar en su propio decir, retorno que introduce los significantes en los que el analizante puede encontrarse como siendo otro del que es.

Con esto que digo vuelvo al comentario del comienzo y estoy terminando.

El juego mediante el cual un niño transforma y se transforma un simple carretel que toma del mundo y lo introduce en la frontera, lo ablanda, lo transforma, lo hace jugar otra escena sólo es posible porque hay un otro que sostenga eso como juego. Es esa la frontera donde se da el juego y el trabajo analítico. Esta es la frontera  no de la línea, de la zanja, ésta es la frontera habitada, habitada por la diversidad, por el encuentro y por lo diferente. Hay también una frontera que se cierra, que se clausura, que es límite infranqueable y que separa al “tú eres” del “yo soy” y que conduce a la lucha despiadada – a la que hoy se ha referido muy claramente Catherina Koltai en esta mesa. Lucha despiadada a la que un autor, Amin Maaluf, denominó como entre “identidades asesinas”.

Hay esa frontera y hay otra frontera como lugar de descubrimiento y juego, abierta al encuentro y a lo diverso, al siendo más que al soy. Es condición de lo humano experimentar ambas, sin embargo, las intensas experiencias que corresponden a las artes, a la vida imaginativa, al soñar y al amar sólo pueden darse en una de ellas.

Gracias.

 

(Participante de las Jornadas)

Pienso que es necesario que  la madre sea  sostenida por el padre para que dé ella ese sostén al hijo. Justamente que la frontera no sea zanja para que haya sostén. De ambos lados debe haber cierta benevolencia y si esa benevolencia, que debe existir entre individuos o  grupos o  sociedades falta, el encuentro se convierte, justamente, en identidades asesinas. Quiero saber qué pensás de esto

 

Luis Vicente Miguelez

Muy brevemente porque estamos muy atrasados con el tiempo, y tenemos aún la obra de teatro, y el cierre

Efectivamente, un padre está para sostener ahí que la “locura” de la madre no la vuelva verdaderamente loca. Acompañándola en ese transformar los ruiditos que el bebé emite en materia con las que constituir su propia lengua (melopea materna) con la que dirigirse al bebé y al mismo tiempo “recuperarla” para su vida en pareja.  Por otra parte lo que transcurre en la frontera tal como la venimos describiendo disuelve la identidad como marcada por la lógica de la exclusión del otro, sino que por el contrario este es parte  de la propia identidad.

 

(Participante de las Jornadas)

Un comentario más que una pregunta, que se refiere al acierto que  es esto de armar una Jornada donde converja gente del Psicoanálisis con gente de otras disciplinas, armar una zona de frontera. Porque uno encuentra después de romperse la cabeza pensando y trabajando esto que decía Freud, de que con  otros  se pueden resolver con mucha más facilidad aquellas cuestiones que resultan en soledad dificultosas. Encuentra también en estas resonancias con los otros discursos, -hoy por ejemplo con gente del teatro como Héctor Malamud, o lo que trajo hoy el antropólogo Martinez Sarasola -, en fin, un enriquecimiento tan grande que yo quería remarcar eso, el acierto de poder salir  del ámbito cerrado y que eso vale la pena.

 

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