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Sobre el tiempo y el aburrimiento Claudia Roqueta- Yolanda Mizraji |
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La concepción sobre el tiempo ha sido motivo de estudio mientras el tiempo transcurría. Aristóteles conceptualiza la noción de tiempo enlazada a la de movimiento. Tiempo y movimiento se asocian de manera indisoluble, pudiéndose medir el tiempo por el movimiento y viceversa.
Heráclito dice “Todo fluye” aún cuando algo se detiene o se suspende el tiempo igual continúa en su fluir. Los tiempos actuales transcurren acelerados y fugaces. La sacralización de la velocidad informática parece concebir una nueva perspectiva temporal, el tiempo video clip. Tiempo fragmentado en imágenes, en secuencias de segundos, a veces apenas asequibles a la percepción, que impiden ser enlazado en una narrativa. Aquella narrativa que comenzaba con “había una vez” ha mudado en ”noticias de último momento”.
El tiempo se convierte de este modo, en un tiempo casi todo presente y sin suspenso. No solo parece desvanecerse la construcción de un relato, sino también la nostalgia por el relato. Estar conectados, conectados con todo el mundo, sin saber con quien y en un mismo tiempo parece dibujar el fresco de la sociedad posmoderna, un cuadro de feligreses navegando en una misa electrónica.
Nuestra cultura demanda cierta obsesión por lo instantáneo, intentar neutralizar la duración acotando el pasado y desplazarse con premura. Como dice la publicidad de Fibertel ¿qué estas esperando, no des más vueltas? Los tiempos actuales son una convocatoria a precipitarse, a devaluar la experiencia, intentando anticipar el momento de la decisión.
La aldea global, homogénea, contraria a toda diversidad propone la igualación. Igualación en la producción de objetos de consumo que demandan su consumo, con la ilusoria promesa de satisfacción. Mercancías efímeras, todo por 2, formalizan su condición de desecho. La circulación permanente a traves de los objetos deja al sujeto cautivo de su consumo, o más bien consumido en el goce del Otro. Las leyes del mercado se enfrentan en activa contradicción con la ley del Nombre del padre.
El imperio hedonista, que exalta lo individual, fortalece su musculatura y al mismo tiempo conjura sobre los lazos sociales. Entre el malestar en la cultura y la cultura del malestar se debate el hombre posmoderno. Esta subjetividad como la histeria no es menos víctima del Otro que de ella misma. Si la queja histérica se hace oir en los consultorios, la sociedad moderna hace ver el malestar en la pantalla televisiva para convertirlo en mercancía, recuperarlo, hacerlo visible y simular escucharlo. Cada época ha planteado su malestar, Discépolo en 1935 escribe “... igual que en la vidriera irrespetuosa de los cambalaches se ha mezclao la vida y herida por un sable sin remache ve llorar la Biblia junto a un calefón... Siglo XX cambalache, problemático y febril...”
Nos encontramos frecuentemente en nuestra clínica con sujetos apurados por asir el presente pero que no pueden apostar a su presente. Seducidos por una cultura que cree alcanzar la satisfacción, se desorientan en su búsqueda respondiendo muchas de las veces con desgano, apatía y desencanto por el futuro. Heidegger plantea que el hombre para huir, para evadirse de la conciencia de su propio ser, de la nada que lo acosa, lo asedia y lo constituye se aleja de las preocupaciones de la vida cotidiana y entonces aparece el tedio. Las cosas no atraen, el sujeto se sumerge en una indiferencia, pasa de la preocupación por las cosas a la indiferencia por todas.
Aburrimiento y tedio se convierten en una suerte de pesadilla estando despierto. Ante la imposibilidad de silenciar al Otro, se callan y permanecen atascados en el hastío. Anclados en la impotencia no logran encontrar un tiempo de intimidad, de alteridad.
De allí nuestra preocupación por interrogarnos respecto de esa frase escuchada tan comúnmente y que incluso pronunciamos con harta frecuencia: “estoy a mil”.
Expresión que por repetida pareciera describir simplemente un hecho de la realidad. Pero que sin embargo parece encerrar en su simplicidad una forma de apoderamiento por parte de la ideología imperante, para la cual cuanto más tiempo ocupado tenga el sujeto, más valorable será socialmente, asegurándose el lugar de ser un triunfador. De este modo se van creando vínculos y formas de apreciación de la realidad[1] donde “este simple modo de decir”, comienza a funcionar como eje de toda posibilidad de reconocimiento, no sólo, como propuesta externa, sino como modo de funcionamiento interior de la subjetividad, es decir como modelo y proyecto identificatorio[2].
Se propone una modalidad de goce unificante que impone una carrera enloquecida por hacer. Responder a este mandato acuciante va instalando una subjetividad despojada de la posibilidad de una experiencia más íntima[3], en tanto que asiste azorada al desmoronamiento en consecuencia de los lazos sociales.
Ante el devenir de un tiempo sin prisa, enlentecido, se abre ante el sujeto la dimensión de un agujero negro que sin recubrimiento fantasmático que lo envuelva, anuncia la sombra del aburrimiento abatiéndose sobre él. En una carta de noviembre de 1819 enviada a Pietro Giordani, el poeta Giacomo Leopardi escribe: ...“Estoy tan aturdido de la nada que me rodea que no sé como tengo fuerzas para tomar la pluma... si en este momento enloqueciera, creo que mi locura consistiría en estar siempre sentado con los ojos atónitos, con la boca abierta, con las manos entre las rodillas, sin reír ni llorar, ni moverme, sino por fuerza del lugar donde me encontrara. No tengo fuerzas para concebir ningún deseo ni siquiera la muerte, no por que la tema, sino porque no veo la diferencia entre la muerte y esta vida mía, donde no viene a consolarme ni siquiera el dolor...”
Las palabras del poeta dan cuenta de una atmósfera inundada de cierta indiferencia afectiva, de una sensación de vacuidad, donde el entorno se marchita y resulta absurdo y distante [4]. Pero al menos vienen a él las palabras que plasmadas en esta carta van dirigidas a un amigo.
Desde la múltiples acepciones etimológicas queremos rescatar aquella que señala que aburrimiento provine de abhorrere. Aborrecer, no aceptar, negar a lo otro, al otro en lo distintivo que pueda representar y en este sentido mantiene una estrecha relación con la agresividad, con el odio, manifestaciones que inherentes a la condición humana la cultura tiende a desmentir. La tradición freudiana nos ha enseñado que toda pulsión de destructividad hallándose inhibida para desarrollarse hacia fuera se perpetúa en el interior de la subjetividad, conllevando a su autodestrucción.
En este sentido cabría interrogarnos si no estamos asistiendo a una nueva modalidad adictiva, la de aquellos que no pueden parar de hacer, donde el suspenso que el sosiego convoca se hace intolerable en tanto confronta con el enigmático poder del tiempo. Hace falta ocuparse, no importa con qué, ni para qué, porque de lo que se trata es de evitar el vaciamiento de las cosas, que están allí por demás, pero que no dicen nada, sumiendo en la indiferencia[5] Se trata de llenar el tiempo, de compactar el transcurrir , de reducirlo a un puro presente, a un puro aquí y ahora, para no caer en el vacío de un tiempo muerto[6] que se percibe en cuanto tal, carente de cualidad, despojado de matices, de color , sonido y sabor.
Se revela la imposibilidad de libidinizar un diálogo con otro, que real o fantaseado, habilite el espacio para el juego. El deseo queda así, abolido arrastrando tras de sí al sujeto, que no encuentra en este marco la posibilidad de pintar su propio cuadro. La capacidad creativa queda abolida y nos encontramos con sujetos que parecen haber perdido la aptitud para el asombro, para la sorpresa, y que a lo sumo asisten a la percepción dolorosa de lo que se repite, de la rutina[7]. He allí el aburrimiento renegando de la posibilidad de un nuevo acontecimiento en la vida, denunciando la falta de aquello que causa, que despierta.
Darse tiempo, posibilita el pasaje del tiempo eterno del goce a un tiempo interválico, donde la construcción de la posición del sujeto en un fantasma habilita la emergencia del despertar del deseo.
Si bien sabemos que la neurosis aspira, desde siempre, a sostener la creencia en una felicidad perpetua, sólo se habrá de alcanzar un “ligero sentimiento de bienestar”. La posibilidad de discernir la dicha , en ese sentido moderado “es un problema de la economía libidinal del individuo”[8], será cuestión, entonces del “factor pulsinonante” del sujeto.
“Sobre este punto – dice Freud – no existe consejo válido para todos; cada quien tiene que ensayar por sí mismo la manera en que puede alcanzar la bienaventuranza.” Ensayar por sí mismo comporta un movimiento, y ese movimiento, que podríamos llamar aristotélico, funda la diferencia temporal. Es un movimiento peregrino, que envuelto en incertidumbre y riesgo quebranta la continuidad. Un movimiento que desplegado entre los dos bordes de lo imposible, lo imposible de la satisfacción y lo imposible de la renuncia, recoge un saber tardío como fruto cosechado de la experiencia.
Dice Ernesto Sábato: “... Mientras escribía arrastrado por sentimientos confusos e impulsos no del todo conscientes, muchas veces me detuve perplejo a juzgar lo que estaba saliendo, tan distinto de lo que había previsto. Esa derivación no me agrado mucho y repetida veces pensé en abandonar el relato que me alejaba tan decididamente de lo que me había propuesto.”[9]
Yolanda Mizraji Claudia Roqueta 29 de octubre de 2002 [1] Bleichmar, Si. “Dolor país”. Ed. Libros del Zorzal [2] Castoriadis, C. “El avance de la insignificancia” [3] Agamben, G. “Infancia e historia” [4] Sorrentini, A. Rev. Peste de Tebas Nº 20 Junio 2001 [5] Castillo, B. El tiempo del Tedio en Rev. Conjetural Nº 18 [6] idem n.3
[8] Freud, S. El malestar en la cultura A:E. T. XXI [9] Sábato E. 1964 “El creador y sus fantasmas” Ed. Aguilar
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