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Carlos Guzzetti:
En alguna
ocasión J. L. Borges afirmó que la noción
de texto definitivo pertenece a la religión
o al cansancio.
Muchos de
nosotros formamos parte de una generación
de psicoanalistas formados en la búsqueda
del texto definitivo.
La
generación anterior contaba con la obra
escrita de Melanie Klein, que marcó durante
décadas una manera de analizar y de
transmitir el legado freudiano, muchas
veces a costa de múltiples simplificaciones
y con el resultado de una doctrina que
parecía absolutamente consistente.
No obstante,
esos fueron tiempos de una gran producción
teórica y clínica en el medio local, con
los aportes de grandes analistas que
ampliaron el campo de la práctica a ámbitos
inéditos hasta entonces. Arminda
Aberasturi, Enrique Pichon Rivière,
José Bleger, Mimí Langer, entre los
fundadores del psicoanálisis argentino,
introdujeron a nuestra disciplina en
hospitales, universidades e instituciones.
Esas marcas fundacionales dieron lugar a la
continuidad de estas investigaciones por
parte de otros, más jóvenes entonces, entre
los que quisiera destacar a Fernando Ulloa,
Emilio Rodrigué y Ricardo Malfé, éste
último desaparecido prematuramente el año
pasado. La obra de todos ellos, tal vez
algo descuidada durante mucho tiempo, hizo
frente decididamente a ambos peligros
contra los que Borges advertía, hablando en
castellano.
Precisamente
gracias a Pichon llega al Río de la Plata
la obra del gran renovador de mediados del
siglo pasado, quien, además de someter el
texto freudiano a un minucioso escrutinio
crítico y de recrear la clínica encorsetada
en una ortodoxia fatigada, hizo hablar al
psicoanálisis en otra lengua, el francés.
Me refiero, como es obvio, a Jacques Lacan.
Así el psicoanálisis pasó del alemán al
inglés y al español (recordemos que la
primera traducción de Freud fue a la lengua
castellana) y luego al francés. En este
caso el texto definitivo estaba por
establecerse. Lo más voluminoso de la obra
de Lacan radica en su enseñanza oral, por
lo cual hemos sido testigos de feroces
batallas por la fidelidad de sus textos,
sobre todo una vez muerto su autor, cuando
no era posible preguntarle qué había
querido decir.
En este
punto comenzamos nuestra formación quienes
hoy estamos trabajando en Buenos Aires y
en muchos otros centros de gran desarrollo
psicoanalítico.
La
extraordinaria apertura instituyente que
significó el estudio de los escritos y
seminarios, impulsada en principio por
Masotta permitió que se afirmara y
generalizara la incidencia de los
psicoanalistas en el campo de la salud
mental, la educación y los más amplios
ámbitos de la cultura, vigente hoy más que
nunca.
A lo largo
de los años, como un funesto designio, lo
más dinámico del pensamiento francés fue
tomando posiciones en el seno de lo
instituido y la peste anunciada fue poco a
poco convirtiéndose en una simple
enfermedad infantil, como el sarampión o
la varicela.
Y aquí me
permitiré referirme a una historia más
personal, que en definitiva dio origen a
la posibilidad de que hoy estemos aquí
reunidos. En una inolvidable reunión de
amigos hace ya diez años cumplidos, con
una copa de buen tinto en la mano, nos
reencontramos Luis y yo –viejos conocidos
por entonces, con muchas experiencias y
pecados juveniles compartidos- y al calor
de la charla fuimos descubriendo muchas
afinidades. Cada uno de nosotros venía de
atravesar crisis y desgarramientos
institucionales que nos habían dejado la
enseñanza de que no es posible analizar
como sacerdotes de un culto ni vencidos
por la fatiga. Encontramos un punto de
contacto en el estudio de la obra de
Sandor Ferenczi que ambos separadamente
llevábamos a cabo. Y así nos propusimos
dictar un ciclo de conferencias en un
ámbito público, de cruce entre la cultura
y la política, como fue la Biblioteca del
Congreso, ciclo que comenzó en 1995.
Nos impulsó
el deseo de actualizar el diálogo entre la
clínica psicoanalítica y el pensamiento
crítico sobre la cultura, no con la
pretensión de aplicar los saberes teóricos
al análisis de otras disciplinas, sino,
por el contrario, para nutrir nuestra
práctica con lo que la subjetividad de
nuestro tiempo impone a las doctrinas
instituidas. “¿Qué cura en el
psicoanálisis?” fue la pregunta que guió
esos primeros tiempos y que dio origen a
un primer libro en coautoría.
De allí en
más el movimiento fue cobrando su propia
dinámica y la ola que generamos nos fue
impulsando, al punto que muchas veces nos
sentimos como el famoso aprendiz de brujo
–todos recordamos el episodio de la
Fantasía de Walt Disney sobre la obra
musical de Paul Dukas-. La iniciativa y el
empuje de muchos colegas se sumó a lo que
inicialmente había sido una singular folie à deux.
Así es que
en 1998 realizamos las primeras jornadas
anuales sobre Violencia y Desamparo, que
constituyeron el segundo acto instituyente
de lo que hoy es Reuniones de la
Biblioteca.
En esa
ocasión hicimos lo que veníamos diciendo:
dialogamos con más de 700 asistentes que
provenían de los más diversos campos de la
cultura, educadores, filósofos, políticos,
juristas, artistas y por supuesto,
psicoanalistas, marcando un hito en la
pequeña historia de nuestra institución y
también demostrando una excelente puntería
sobre los aspectos más salientes del
malestar de nuestro tiempo. Es así que
muchos otros grupos se ocuparon luego de
generalizar este debate, que hoy, ya
entrado el siglo XXI se demuestra más
urgente que nunca.
A esas
primeras jornadas sucedieron una por año:
Figuras del padre, Pensar lo nuevo,
Identidad y lazo social –cuyo resultado es
el libro que hoy presentamos-, Lenguas,
gestos, miradas, La experiencia real del
análisis y la de este año sobre
Intervenciones de los analistas. Todo este
trayecto puede recorrerse en nuestra
página web que, al mismo tiempo que
registro de la memoria, es uno de los
instrumentos más fecundos de la red y un
vínculo fundamental con interlocutores de
todo el mundo.
Inmediatamente después de esas jornadas
inaugurales se consagra el nombre que nos
identifica: Reuniones de la Biblioteca, y
que expresa el espíritu que nos anima.
Diálogo abierto, despojado de
adhesividades doctrinarias, concebimos, ya
entre muchos, la idea de una red de
trabajo con múltiples cruces, anudamientos
y desanudamientos, que nos permitiera
llevar adelante una tarea que entendemos
esencial: la investigación en
psicoanálisis, indisoluble de la clínica y
sobre todo de la diversidad de prácticas
que los analistas llevamos a cabo en cada
lugar de trabajo.
En vez de
establecer una distinción tajante –como es
pretensión de cierta opinión circulante-
entre la ortodoxia analítica y las
experiencias reales de cada analista sobre
los variados modos de padecimiento,
venimos tratando de encontrar un
posicionamiento ético frente al
traumatismo que la vida social
contemporánea impone a los sujetos. De
allí nuestra afirmación de que lo que el
psicoanálisis introduce en la modernidad
es un nuevo lazo social. En este sentido
el imperativo que nos compete como
analistas es la defensa del sujeto frente
a los variados modos de desagregación,
aplastamiento o aniquilación que ejerce la
sociedad del consumo, la inmediatez de las
imágenes y la pasión destructiva del
capitalismo en descomposición. Y esto en
cada lugar en que los analistas
trabajamos, poniendo de relieve la
singularidad de cada práctica.
Se conforma
así un universo de diversidades que
precisan encontrar su lugar y sus tiempos
de despliegue. Nuestra red de
investigación en psicoanálisis pretende
pues dar cabida a estas diversidades, que
requieren de un permanente cuestionamiento
de los saberes constituidos, siempre
insuficientes en relación a las tareas por
delante. El concepto de hospitalidad
enmarca este trabajo siempre inacabado
donde todo lazo posible está sostenido en
la enunciación de cada cual. Esta es otra
de las bases sobre las cuales asentamos
nuestra red. Tomar la palabra es la
libertad que el análisis ofrece al sujeto
padeciente. También entre nosotros,
analistas, este principio debe hacerse
valer. No en nombre de uno u otro maestro
sino en la posibilidad de construir el
propio a través del diálogo con los otros.
El libro
que hoy presentamos trata sobre la
identidad y el lazo social y constituye
una bisagra en el recorrido de nuestra
historia. Es también una pregunta por
nosotros mismos, los analistas, y el lugar
que nos cabe en el nuevo siglo.
Por todo
esto quiero agradecer nuevamente a los
presentes, amigos y colegas, que hacen
posible el diálogo fecundo y la esperanza
en el porvenir.
Luis
Vicente Miguelez:
Cuando en
el año 2001 propusimos como tema a
investigar el de la identidad y el
lazo social, no sospechábamos los alcances
y efectos que iría teniendo en nuestro
grupo y que llegan hasta hoy día. Uno de
ellos, que es el que me interesa retomar
ahora, fue el de ponernos a pensar sobre
el espacio propio y sobre el vínculo con
los otros.
Reuniones
de la Biblioteca se constituyó como un
grupo de afinidad donde lo que nos reunía
y que sigue aún hoy haciéndolo, es el
hacer lugar a lo nuevo, al desafío de la
clínica que conduce a considerar
insuficiente toda teoría con relación a la
práctica. Y fundamentalmente se trataba de
evitar la pasión que embarga a muchos, la
de andar delimitando el campo del
psicoanálisis. Nos propusimos desde el
inicio no ser agrimensores.
Aceptar la
diversidad amplía el horizonte de nuestro
quehacer e introduce el elemento lúdico en
el trabajo teórico, esto es, la sorpresa y
la invención. Esta manera de encarar el
lazo entre analistas fue creando
relaciones de afinidad, de diálogo y de
trabajo que se fueron ampliando a lo largo
de estos años. Reuniones se planteó desde
su fundación como grupo abierto, de
fronteras imprecisas, donde se transitaba
libremente. Algunas veces se estaba
adentro, otras afuera y a veces ni. Esto
era bueno y era malo. Bueno en tanto
posibilita un movimiento de disolución de
ciertas formas de lo establecido que de
persistir se convierten en una verdadera
esclerosis. Y es malo porque acelera la
entropía natural de los grupos. La fuerza
disolvente va ganándole la pulseada al
trabajo productivo y al lazo social. Es en
este sentido que la disolución permanente
de lo instituido puede agotar las fuerzas
instituyentes.
Esta
tensión constante exige de una lectura
oportuna de aquellas situaciones que se
constituyen en analizadores de la
situación grupal, a fin de dar con las
respuestas que posibiliten una suerte de
equilibrio entre lo disolutivo y lo
instituyente.
En el
momento en que propusimos encarar el tema
de investigación sobre la identidad y el
lazo social no éramos del todo conscientes
de que estábamos pensando no solamente
sobre una cuestión general sino bien
particular. Se trataba, como nos fuimos
enterando entre todos, también de poner en
análisis el quién éramos y el qué
queríamos.
En algunos
momentos con algunas luces, en otros con
ciertas sombras fuimos transitando el
camino de darnos una identidad que no se
cerrara sobre si misma, y fundamentalmente
que no excluyera ni lo otro, ni a los
otros. Pienso que una institución
psicoanalítica funciona más o menos bien
cuando tiene sus fronteras más allá de sus
propios límites.
Y así
fuimos llegando al momento actual. Momento
de reafirmación instituyente. Anunciamos
hoy la publicación del libro sobre la
identidad que presenta además a una serie
editorial llamada Reuniones. Acción de
doble gatillo, que por un lado brega por
la continuidad identitaria en el tiempo y
por otro hace de la identidad un asunto
diferido, tanto en lo temporal, ya que se
propone como serie, esto es, se constituye
en falta con respecto a lo porvenir y
también porque introduce con el término
reuniones el juego de las diferencias.
Pero hoy
anunciamos también, y esto es lo que nos
causa mayor vértigo que nos aventuramos a
darnos una nueva organización
institucional y un dispositivo de trabajo
y convocatoria de mayor alcance al que
teníamos.
Transformarse de un grupo en una
institución es un proceso largo y
conflictivo. Pasa lo que pasa siempre,
íbamos siendo reconocidos como institución
cuando aún nos pensamos como grupo. La
mirada de los otros sabemos que tiene
fuerza constitutiva, pero lo que nos lleva
a dar ese paso, a proponernos una
transformación en lo organizativo y en la
convocatoria, no es tanto la mirada de los
otros como el hecho de comprender que lo
ya instituido empezaba a hacer resistencia
al trabajo creativo. Apostamos entonces
por darle a la red un carácter
institucional que preserve lo abierto del
funcionamiento y favorezca las iniciativas
y la diversidad.
El brindis
de hoy además de saludar el trabajo
compartido y los lazos de amistad, tiene
un carácter fundacional, por lo tanto
conlleva el anhelo, tal vez utópico y no
por eso ilegítimo, de compatibilizar un
consenso normativo y organizativo
institucional con la libertad y la
creatividad que requiere el quehacer
analítico en tanto experiencia del
inconsciente.
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