Mesa redonda Jornada "Las intervenciones de los analistas" Diciembre 2005

La teoría en la práctica clínica. ¿Posibilitador u obstáculo?

 

Luis Vicente Miguelez

 

 

Pertenezco a una generación que profesó y profesa un gran amor por las teorías. El tiempo en el que nos tocó formarnos fue el que luego dio en llamarse el de los grandes relatos. El primero que nos enamoró fue el relativo a la Revolución, dicha esta con mayúsculas. Vivíamos en una época donde el marxismo con sus variaciones locales, fue para muchos de nosotros la teoría que nos permitía no sólo interpretar el estado de las cosas sino que, razón que la tornaba más atractiva,  predecir el destino futuro de la sociedad y más ampliamente de la humanidad –vaya palabra más pretenciosa- . Predicción que era también la de la trasmutación de los valores e ideales en realidades por los que luchábamos.

No me voy a detener en lo que pasó a nivel político y social, y el destino de aquellas luchas que sigo considerando genuinas y auténticas. A nivel local y mundial las cosas tomaron rumbos diferentes a los que buscábamos, a los que deseábamos. Con esto no pretendo decir que la teoría marxista quedó definitivamente refutada por los hechos. Simplemente quiero traer algo sobre lo que debimos reflexionar: la supuesta inevitabilidad histórica, y la fe en un determinismo absoluto de lo real. La teoría como pensamiento definitivo, completo, totalizador de las experiencias fue lo que se vino a pique. Isaíah Berlin un gran pensador de la libertad fue el primero en advertir y cuestionar profundamente las fuentes de ese determinismo absoluto que se encuentra en los grandes relatos teóricos; fue él quien mejor analizó el sustrato metafísico que se esconde detrás de cualquier teoría que  pretenda mediante ciertas categorías o estructuras concebir o describir todas las cosas. Dijo elocuentemente que tomar al pie de la letra tales metáforas, creer que las leyes en ciencias no son inventadas, sino descubiertas, que no son sólo algunas de las muchas posibles melodías que pueden hacer los mismos sonidos, sino que son en cierto sentido las únicas, y creer que existe La ley y El ritmo básico es tomar el juego demasiado en serio y ver en él la absoluta clave de la realidad.

Podemos decir que la renuncia a los grandes relatos teóricos es otra de las  heridas narcisistas de nuestra época y que como se ve en estos tiempos que corren no se deja de renegar de la misma.

El mito de Babel es un mito de origen de la cultura occidental. Babel alienta por un lado el sueño de recuperar una lengua verdaderamente omniefable que recubra la totalidad de la experiencia humana y posibilite un pensamiento unívoco, totalizador y acabado. Pero también Babel es una celebración de las diferencias, de la multiplicidad, del equívoco no como error sino como procurador de interpretaciones. Anima frente a un pensamiento escultóreo, definitivo, un pensar dionisíaco, esencialmente musical en el sentido de una verdadera polifonía de la enunciación.

Freud situó al acto de pensamiento como lo que detiene el camino a la inmediatez de la satisfacción alucinatoria. Como el rodeo necesario que va dejando huellas que impiden la restitución tanática de la identidad de percepción. El pensar en tanto huella, se nos muestra como camino hacia la diversidad y la diferencia.

Hace ya bastante tiempo al principio de los 90, escribí un artículo que fue publicado en Página 12, que llevaba por título El espíritu de la pesadez, analizaba en él lo que consideraba una de las formas que tomaba la resistencia a la experiencia del análisis. Decía que consistía en convertir una aportación teórica original en un sistema teórico cerrado. Y advertía de que cierto escolasticismo terminaría por convertir la enseñanza de Lacan en mantras sagrados de repetición hipnótica que inhabilitan al analista para ejercitar la sospecha.

No cabe duda de que los escritos y los seminarios de Lacan transformaron la práctica del análisis, posibilitaron la interpretación de ciertas resistencias al psicoanálisis pero sobre todo ayudaron a disolver muchas resistencias del psicoanálisis mismo. Para decirlo brevemente pues es historia harto conocida, reposicionó nuestra praxis en el camino de la dimensión plena y realizativa de la palabra y del sujeto del inconsciente, lo que configuró una fuerza revitalizadora que logró ampliar las fronteras de nuestra experiencia y reubicar los resortes de la cura analítica.

Esto hace que los analistas formados en esos tiempos nos sintamos de una u otra forma lacaneanos.

Si nuestra institución participa de la convocatoria a las reuniones Lacanoamericanas es porque sus miembros reconocemos los efectos que en nuestra práctica tiene la enseñanza de Lacan, aunque a veces lo citemos mucho menos que otros colegas.

Nos propusimos desde que empezamos a transitar juntos una apertura de esa enseñanza que evitara su transformación en la teoría, con mayúsculas, en una escolástica dogmática de repetición de aforismos. De cita en cita una obra viva puede ir muriendo, está activa si es capaz de  producir otros decires más allá de la reproducción de lo ya dicho.

En tanto se experimente a la teoría insuficiente con respecto a la práctica clínica uno está abierto a la invención y también a procurar escuchar lo que otros aporten, provengan de donde provengan y estén consagrados o no. A mi entender es esto lo que permite que el lazo social entre analistas no devenga necesariamente en iglesia.

Ahora bien, si la teoría es insuficiente con respecto a nuestra práctica, ¿qué nos aporta?.

Nuestra disciplina tiene una relación peculiar con la teoría. Sabemos que en ningún caso se trata de una aplicación de la misma. Tampoco es un metalenguaje, y lo más singular es que participa de aquello mismo que es su objeto, es decir no es ajena a los efectos del inconsciente y menos aún a los de la transferencia. Por lo tanto la relación entre la teoría y la práctica no podemos pensarla acertadamente si lo hacemos en términos de mayor o menor adecuación a su objeto. Por el contrario es necesario dar lugar a las distintas formas de tensión y de implicación mutua que constituye su praxis. Es en el campo de esa ficción conjetural que llamamos teoría donde se ponen en juego los restos transferenciales de todo análisis propio. Freud advirtió y estudió principalmente en su trabajo sobre sus sueños el sustrato edípico de la sexualidad humana. Las lecturas sofocleanas y shakespeareanas le sirvieron como restos diurnos en la elaboración del complejo de edipo y del parricidio. Es que el imbricamiento entre inconsciente y teoría psicoanalítica, operando uno sobre el otro, determina un horizonte en el que el saber siempre se aleja pero que va dando lugar a alguna verdad.  

Si la teoría analítica no está viciada por el afán de comprenderlo todo, va construyéndose al mismo tiempo que va configurando el terreno propicio donde pueda surgir de lo ya dicho un nuevo decir.

Vivencia metaforizante, en el pleno sentido del término, es decir de transporte, de pasaje, en cuyo transcurrir se posibilita una reelaboración de lo sabido.

Verdaderas iluminaciones benjamineanas de los conceptos. En tanto estos están preñados de porvenir, valen en cuanto son fuente de interrogación permanente y permiten recoger algo nuevo en lo que parece siempre igual.

Así como en la clínica no se busca interpretarlo todo, tampoco se debe pretender recubrir todo el campo de nuestra experiencia con conceptos teóricos. De las zonas de silencio que habitan nuestras construcciones conjeturales surge el llamado al trabajo teórico. Un trabajo que no debemos confundir con el de llenar las lagunas de nuestro saber sino fundamentalmente una labor que persistente en el tiempo busca olvidar lo ya acordado, - expresión que tomo en su sentido jurídico: decreto de los tribunales por el cual se manda observar lo anteriormente resuelto sobre el mismo asunto-. Del efecto de este olvido podrá surgir, retornar, lo apenas vislumbrado, fugaz inspiración o puesta en acto de la imaginación. Esto entiendo que vale para cualquier creación humana

Es por demasía singular el hecho de que aquello que nos costó tanto tiempo comprender lo volvamos a olvidar. Un olvido productivo que va constituyendo a la teoría analítica en el carretel del juego del fort-da. Artefacto que permite que entre lo sabido y lo no-sabido vaya surgiendo de repente lo impensado.  Creo ver en esto una fuente del placer que nos sigue produciendo la labor teórica.

 

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