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Mesa redonda: Niñez y adolescencia: analizadores de la cultura contemporánea.III Congreso de Salud Mental y Derechos Humanos 2004. Universidad de las Madres Luis Vicente Miguelez |
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Algo que la niñez y la adolescencia instauran con suficiente relieve es aquello que me gusta denominar con la expresión “dale que...”, germen de todo acto creativo. De cómo en una y en otra esto se pone de manifiesto me ocuparé más adelante. Primeramente quisiera resaltar que este “dale que” constituye lo esencial del juego infantil y que muestra a su vez el valor fundamentalmente realizativo de la palabra en tanto pone de manifiesto el carácter metamorfoseador del lenguaje. Su importancia concierne a la constitución de una espacialidad y de una temporalidad creadora. De un espacio en el cual poner a jugar aquello que insiste atemporalmente, lo que se repite sin poder recordarse, y de un tiempo de elaboración, en el sentido que le damos al término en psicoanálisis, es decir de una demora productiva. Ahora bien, el “dale que” necesita para efectivizarse al menos de otro que le de crédito y lo sostenga, que acepte este acuerdo metafórico. “Dale que la silla es un auto”, enuncia un niño. Sabe efectivamente que la silla no es un auto, pero apuesta con el otro a un acuerdo constituyente de un espacio de ilusión compartido. Quiero subrayar que esta dimensión del otro es esencial para la vida. Si el otro dice “No, es una silla ... y sirve para sentarse a la mesa”. Se arruinó el juego y como veremos se daña la realidad. El juego de presencia y ausencia es la primera realidad que un niño pone en movimiento en tanto un hacer metaforizante, y lo que es muy importante lo hace ante otro que reconoce en eso un juego. En el ejemplo que Freud nos presenta, me refiero al juego del fort-da, apunta algo que considero de suma importancia. Dice textualmente “ a los efectos del juego no importa saber si lo inventó él (refiriéndose al niño) o le fue dado desde afuera”. Esto es lo que muy probablemente retoma más tarde Winnicott cuando advierte con relación al objeto transicional que no deberá formularse la pregunta de si éste fue concebido por el niño o le fue presentado desde afuera. Agrega que no se debe tomar decisión alguna al respecto. La pertinencia de estas observaciones me parecen importantísimas y profundamente actuales. El psicoanalista debería ser el primero en respetar este convenio si no quiere atacar la zona donde habrá de desarrollarse lo mejor del análisis. Esta zona “entre” debe mantenerse en su dimensión paradojal, no haciendo discernible ni decidible su origen. Un espacio que no pertenece ni al uno ni al otro, que no es ni de adentro ni de afuera, donde los objetos que lo habitan se sustraen a la lógica binaria que distingue entre lo propio y lo ajeno, lo creado y lo dado. Para que este espacio pueda sostenerse es necesario abstenerse de la tentación de reducir la paradoja a uno de sus términos. Nunca se deberá preguntar si el pecho con el que se alimenta y juega el bebé es suyo o es de la madre. Algo es creado en el mismo momento de su encuentro con lo dado. De lo indecidible y de lo indiscernible de esa situación surgirá lo espontáneo y lo nuevo en el decir y en el hacer. Esa es al menos la apuesta que se plantea. Pienso entonces que sostener este espacio lúdico es lo que define la primera responsabilidad de cada uno frente a un otro con el que se plantea alguna forma de satisfacción compartida. En relación con esto propongo imaginar una responsabilidad que surgiría del ámbito del gesto espontáneo y creador, no infectada por la culpa. Tratemos de pensar a este ámbito como el de una frontera. Hay una manera de concebirla en tanto línea, limite que separa espacios y hay otra que la reconoce como una zona intermedia, que separa y reúne al mismo tiempo. Si nos situamos en esta perspectiva veremos que la lógica aparentemente inmodificable que separa al “tu eres eso” del “yo soy” se ve profundamente cuestionada. Esta frontera a la que me refiero no viene a situarse entre el sujeto y el objeto sino que los contiene en su profunda alteridad. La frontera es, por lo tanto un lugar de permanente transformación, allí las cosas sufren una suerte de ablandamiento del ser, lo que cae en ella no espera decisión alguna sobre si se trata de lo propio o de lo ajeno. Ese es el espacio donde nuestra práctica encuentra su mejor posibilidad de realización. Posibilitar este espacio es hacer lugar al “dale que” que si bien nace del gesto del niño necesita de otro que lo acompañe, absteniéndose de separar la silla del auto. Otro que no irrumpa con la pregunta inoportuna sino que venga a acompañar la apuesta con un meditado silencio. Este es el espacio que el análisis recupera para la cura. Volviendo a lo que nos propone el tema de la mesa, me pregunto si somos capaces – ya no sólo como analistas – sino en tanto sujetos de alojar el “dale que” que la infancia y la adolescencia nos proponen. De recuperar para la invención y la creación productiva esa dimensión de otredad que el “dale que” introduce en las cosas y turbar en algo a la subjetividad autística de nuestra época. Quiero dejar planteada la pregunta, pero antes de concluir me gustaría presentar unas pocas reflexiones al respecto que hacen a la clínica y a las vivencias contemporáneas. Pienso que nadie de los presentes puede dejar de sentirse preocupado por el rumbo que ha tomado en estos tiempo la llamada “crisis adolescente”. La recurrencia a formas violentas, a montajes tóxicos y a actuaciones autodestructivas por un lado y el incremento del desaliento malhumorado por otro establecen las líneas más significativas de un mapa bastante desalentador del estado adolescente actual. No voy a detenerme en sus causas, sólo me basta citar a Winnicott cuando dice que ante el desafío adolescente debe haber al menos un adulto significativo y responsable que acepte confrontar. Esto es alguien que pueda hacerse cargo de lo que dice y hace. Sabemos lo difícil que resulta cuando un adolescente viene a confrontarnos con nuestras propias vacilaciones, dudas y ansiedades en cuanto a las elecciones y decisiones tomadas. Si a esto le sumamos la crisis social recurrente y tremenda que venimos sufriendo, que ha generado un deterioro del tejido social y las redes colectivas de solidaridad y de respuestas verdaderas, nos encontramos con un panorama bastante desolado, donde la vacancia al respecto abunda, como antaño se decía del sentido común. Si aún hoy, a pesar de las numerosas muestras en contrario – me refiero al abuso sexual y al maltrato infantil-, el “dale que” del niño encuentra todavía algún eco no solo en sus pares, sino en los adultos de los que depende, creo que esta complicidad con el “dale que” del adolescente se verifica muy pero muy poco. El rito social iniciático con toda su violencia contenida y dramatizada, que ponían en juego las sociedades llamadas primitivas como fuente de un reverdecer social se ha perdido o se ha fragmentado en infinidad de formas ritualizadas que tienen poco de un acontecer social. ¿Dónde entonces, un adolescente puede situar el “dale que” para que éste encuentre espacio y especialmente tiempo para desenvolverse?. ¿Dónde poner a jugar el “dale que soy un hombre” o el “dale que soy una mujer” sin tener que hacerse cargo aún de todas las consecuencias?. Se encuentra, por el contrario, con una demanda perentoria a que se haga enteramente responsable de lo que debe ser en el preciso momento en que su persona está atravesada por la incertidumbre de quién es, no como duda metafísica - aunque puede adquirir esta manera expresiva - sino como efecto de la escisión que en su yo viene a acentuar el traumatismo del encuentro con lo real del cuerpo sexuado. Es común ver en la clínica como esto los conduce a una búsqueda insistente de perfección de la imagen corporal o un abandono de la preocupación por ella, lo que en el caso extremo lleva a la anoréxica a la situación de ofrecer a la mirada ajena el revés de la imago perfecta, es decir el cadáver. Reconozcamos que el poder posicionarse más o menos adecuadamente en relación al otro sexo no es una tarea fácil y que demanda su tiempo. Es en el tiempo de la adolescencia donde se irá haciendo la experiencia de una sexualidad marcada por la castración propia y la del otro, superando el desencanto narcisista de descubrir la incompletud en uno y en otro. En vez de facilitar este proceso la sociedad actual por un lado mistifica al adolescente, en tanto objeto sexual, propiciando su alienación a los dictados de moda, en salvaguarda de la institución más venerada, es decir el consumo y por otro le exige que se convierta de la noche a la mañana en un ser responsable sin ofrecer en sus modelos identificatorios más que el éxito y la fortuna. Se le obstaculiza así la trabajosa pero necesaria tarea de hacer su experiencia: la de poder ir transitando entre la precipitación y la demora, una y otra vez, por los caminos y las vicisitudes del deseo y del amor, es decir del descubrimiento de las fuentes del placer y del dolor en las relaciones con los otros. En esa búsqueda que no es otra que la de la manera en que la satisfacción de cada uno encuentre la manera de realizarse con la del otro en una actividad compartida. En cambio la falta de moratoria existencial que debería proveerles la sociedad los precipita a actuaciones fugaces y explosivas o a pasajes al acto sin red. Cuando se impide el “dale que” con demandas perentorias reduciendo cada vez el tiempo adolescente, o, lo que es lo mismo, dejándolo detenido en un tiempo sin fin, se lo empuja hacia la precipitación compulsiva. Toda demanda identitaria apresurada coloca al adolescente en la falsa alternativa de optar por lo uno o por lo otro, sin poder elaborar la disparidad de su deseo. Es en este sentido que pienso que en el análisis con un adolescente lo primero que un analista debe proponerse es generar un tiempo lúdico. Así como con un niño de lo que se trata es de armar juntos un espacio lúdico donde el niño pueda poner a jugar los fantasmas que lo atemorizan y que lo subyugan, con un adolescente se trata de constituir una temporalidad espaciada que demore el desenlace, que en tanto brecha en el continuum temporal, aloje el “dale que” que instaura, entre lo que empuja perentoriamente al acto y lo que paraliza inhibitoriamente, una prórroga elaborativa y por lo tanto productiva de lo que lo acosa como mandato de tener que ser aquello a lo que se parece. Para concluir me gustaría decir que la cultura le debe a la niñez y a la adolescencia su fuente más genuina de creatividad y de transformación, el asunto es que lamentablemente la cultura contemporánea parece desconocer o tal vez es mejor decir renegar de esa deuda haciendo poco y nada de lugar al llamado que el “dale que” le formula, esto es, rechazando la alteridad y diversidad que la constituye. Luis Vicente Miguelez Zapata 130 P.B « B » ,Buenos Aires
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