Aplastamiento de la subjetividad

    Lic. Carlos A. Guzzetti- Director Científico

Ante todo, como uno de los anfitriones de este encuentro, quiero agradecer la presencia de nuestros invitados de hoy y la de todos Uds. que vienen participando activamente de estas Jornadas. 

El tema que nos reúne, la Violencia y el Desamparo, tiene una urgencia apremiante para todos los que estamos involucrados en la tarea de tratar con el sufrimiento humano. Esta convocatoria tiene el sentido de una búsqueda, de una interrogación que formulamos a todos aquellos que tienen algo que decir sobre una tendencia que vemos crecer aceleradamente en el mundo en que vivimos. Desde nuestra práctica como psicoanalistas hemos querido dirigir nuestra pregunta a muy diversos campos de la cultura. De este modo, desde la filosofía, el derecho, las ciencias sociales, la educación y la salud, todos nosotros estamos intentando elaborar algunas respuestas, algunas manera posibles de posicionarnos frente a las condiciones que el horizonte de nuestra época ofrece a la subjetividad.

De un modo muy sucinto es posible afirmar que los vínculos entre las personas se revelan cada vez más desprovistos de mediaciones pacificadoras, de leyes del juego social que regulen la agresividad inherente a la condición humana. De este modo parece cumplirse la premisa en la que Hobbes basaba su concepción de la sociedad: “el hombre es el lobo del hombre”. 

En verdad, y a la luz de los avances en el estudio del comportamiento animal, la metáfora es inexacta, ya que la conducta social del lobo es altamente sofisticada y ofrece un fuerte sostén al crecimiento y conservación de la manada.

El hombre en las sociedades urbanas se revela mucho más feroz que cualquier bestia salvaje.

Este panel ha sido titulado “aplastamiento de la subjetividad”. El término es brutal, sin duda y nos evoca infinidad de imágenes crueles. “Como una cucaracha”, por ejemplo, lo que nos remite de inmediato al escenario que Kafka en La metamorfosis propone como anticipación de un mundo marcado fundamentalmente por el fenómeno de la segregación. El infeliz de Gregorio Samsa se despierta una mañana convertido en cucaracha, lo que genera en el microuniverso de su familia la reacción de apartamiento y clausura que lo convierte definitivamente en un insecto repulsivo. En rigor de verdad cabría preguntarse si no es exactamente al revés. La metamorfosis no es la causa sino el efecto de esa misma segregación.

El propio Kafka nos ofrece una nueva versión de ese mismo clima oprimente, esta vez en el plano institucional, en La colonia penitenciaria. El condenado a muerte, reducido a una estupidez inhumana, sufre el suplicio de que su condena sea escrita durante horas en su carne por una maquinaria altamente sofisticada, hasta la muerte.

Resulta impactante el carácter anticipatorio de la ficción kafkiana. Casi lo mismo podría decirse del Freud de Psicología de las masas, que con doce años de anticipación describe el mecanismo que de modo tan preciso se puso en marcha en la Alemania nazi.

Quizás la propia fuerza del vocablo aplastamiento me condujo a pensar en aquello que constituye el fenómeno más característico de la sociedad occidental en este siglo. Como nunca antes en la historia nuestro tiempo ha sido marcado por todas las formas de la segregación y su molde más preciso, la institución donde ha coagulado como expresión de la pulsión de muerte, ha sido el campo de concentración.

Me permitiré pues, algunas consideraciones sobre este emblema siniestro de nuestra época. Auschwitz y Treblinka, el Gulag soviético o la Esma, el campo enhebra momentos históricos y lugares de lo más diversos.

Si es posible concebir un aplastamiento del sujeto, es en el extremo del campo de concentración donde puede percibirse el alcance de esta operación.

“Nuestra personalidad es frágil, está mucho más en peligro que nuestra vida” afirma el escritor italiano Primo Levi, uno de los más lúcidos testigos de la vida y de la muerte en los campos nazis.

La obra de Levi comienza con su liberación de Auschwitz – Monovitz por las fuerzas aliadas. Escribe y publica casi de inmediato Si esto es un hombre, relato testimonial insustituible. Una vez desprendido de esas primeras narraciones, esenciales para la vida misma, se dedicará a la ficción, desplegando una obra riquísima en sutileza y en humor. Toda su obra constituye una auténtica restitución de los relieves subjetivos a un hombre que había sufrido el trauma inenarrable de la internación en Auschwitz, adonde había llegado por su condición de judío.

Esta es la primera operación desubjetivante. Lo que indica el lugar que el sujeto debe ocupar, es decir, del lado de adentro de los alambres electrificados, es un rasgo singular –judío, gitano, comunista, contrario a los intereses soviéticos o delincuente subversivo-. La reducción inicial del sujeto a ese rasgo diferencial constituye la puesta en marcha del dispositivo segregativo.

Aguda para describir los efectos subjetivos de la internación. Una característica muy propia de la vida del campo es la confusión de lenguas. La confusión de las lenguas es un componente fundamental del modo de vivir aquí abajo; se está rodeado por una perpetua Babel en la que todos gritan órdenes y amenazas en lenguas que nunca se han oído, y ¡ay de quien no las coge al vuelo! (40).

Pero más aún, la confusión babélica priva a la experiencia de palabras. No hay modo de describir lo que allí sucede nuestra lengua no tiene palabras para expresar esta ofensa, la destrucción de un hombre.

Y es precisamente esta falta de significantes lo que empuja a Levi a la escritura. Son numerosos los testimonios literarios que han surgido de la experiencia concentracionaria. Incluso en el campo del psicoanálisis Bruno Bettelheim ha dejado el suyo, extrayendo de allí conclusiones útiles desde la perspectiva clínica. El español Jorge Semprún también ha insistido una y otra vez sobre su internación en Buchenwald, erigiendo de ese modo una poderosa obra literaria.

La escritura es una necesidad, un impulso irrefrenable: La necesidad de hablar a “los demás”, de hacer que “los demás” supiesen, como un modo de capturar algo del traumatismo sufrido en una trama textual, la misma textura, el tejido de la vida (Semprún). Levi escribe aquello que no sabría decirle a nadie (149). Escribe para atrapar lo que los sueños no podían tramitar. El sueño recurrente en el campo, verdadero sueño traumático, que arriba siempre al mismo punto, consistía en una escena en la que el protagonista relataba situaciones de la vida cotidiana a su familia, pero nadie lo escuchaba. El Otro, fuente primordial del amparo ante la inermidad del humano, ya no está allí para sostener al sujeto, sino para aplastarlo, literalmente. El único recurso entonces, es la letra escrita. Levi sobrevive porque logra trabajar en el laboratorio químico del campo, donde dispone de un cuaderno y un lápiz. Entonces escribe, aun a riesgo de su propia vida, porque de haber sido descubierto, le hubiera significado la inmediata selección para la cámara de gas.

Pero la condición humana sólo se sostenía de ese deseo indestructible. Contar lo que allí pasaba, dar testimonio. Lo singular de Levi es que escribía bien, que a la precisa intuición psicológica añade una posición ética y un valor estético, combinación que lo llevó a escribir obras de ficción de innegable valor literario.

Quisiera poner un punto a este recorrido, para conjurar el peligro de caer en la obscenidad. No es sin embargo caprichosa la elección que hice esta tarde. Como dije antes, el campo no siempre está del otro lado del alambrado. El universo concentracionario es la rúbrica de nuestro tiempo. En esta convicción quisiera añadir dos observaciones.

La clínica nos acerca cotidianamente a situaciones subjetivas que nos evocan fuertemente los testimonios de los sobrevivientes. Acuden en busca de nuestra ayuda hundidos y salvados –título del último tramo del testimonio de Levi-. Quienes han sucumbido a situaciones vitales intolerables suelen ser traídos a nuestra consulta o llevados al hospital psiquiátrico, cuando no al servicio de traumatología. Ellos son los hundidos, los que no han logrado sobreponerse a traumatismos repetidos, agudos o insidiosos, sufridos a lo largo de la vida, muy particularmente en la infancia. Muchas veces el recurso terapéutico les ofrece más de lo mismo. La internación en el hospicio reproduce en mayor escala el ámbito concentracionario de la familia psicotizante, culminando de este modo la operación de aplastamiento subjetivo. Algunos enfoques Puede reproducirse la situación traumática en el consultorio, independientemente de la psicoterapéuticos contribuyen con lo suyo. Y aquí no deben hacerse distingos doctrinarios. perspectiva teórica que se suscriba.

Los salvados suelen llegar solos a la consulta. Han logrado rescatar algunos recursos subjetivos a los que se aferran con todas sus fuerzas. De allí la enorme resistencia a abandonar el sufrimiento neurótico.

Ahora bien, el psicoanálisis ha puesto sobre el tapete el valor fundante de las experiencias infantiles, siempre sexuales, prematuras y por ende traumáticas. Un gran clínico y audaz teórico como Ferenczi situó en el origen del traumatismo infantil la confusión de lenguas entre los adultos y el niño. La lengua infantil de la ternura es confundida con la lengua de la pasión del adulto, quien toma al infante como su objeto sexual. Allí donde el Otro primordial no acude a la cita con su amparo, sus palabras, su reconocimiento y su amor, esa condición de objeto sexual coagula la subjetividad. El hombre ya no es lobo del hombre sino objeto del hombre. Cito nuevamente a Levi: Es no humana la experiencia de quien ha vivido días en que el hombre ha sido una cosa para el hombre 180.

Pero el campo de concentración nos confronta con otra evidencia. Es posible a cualquier altura de la vida, de cualquier sujeto, desampararlo de tal modo de reducirlo a una sombra de humanidad. Y la lógica concentracionaria no es exclusiva de los campos.

Las instituciones sociales, estudiadas en su microscopía libidinal por Freud, llevan en su seno el germen de la segregación, de la reducción de los sujetos a sus rasgos diferenciales. En este sentido el testamento freudiano es un discurso orientado por el deseo, lo propiamente humano, el trabajo del inconsciente.

Quizás sea preciso advertir contra cierto humanismo ingenuo, que calificaría a las atrocidades nazis como inhumanas. Por cierto que el nazismo, como el stalinismo o los procesos militares en nuestros países latinoamericanos, han sido genuinos productos de la cultura de su tiempo y lugar históricos. Himmler y Goethe, Dostoievsky y Stalin, Gardel y Videla, como en el cambalache discepoliano, desfilan por la escena de la historia. La condición humana incluye estos fenómenos sociales de desencadenamiento de la pulsión de muerte.

Afirmaba Freud que los mayores sufrimientos del hombre provienen de la relación con sus semejantes. La vida social es la principal fuente de infortunio y malestar. Quienes trabajamos todos los días con ese sufrimiento bien sabemos la verdad de esta afirmación. Los numerosos testimonios que venimos escuchando durante todo el día de hoy, insisten en subrayar la frecuencia con que los niños son víctimas de sus propios guardadores, cosas para los mayores, objetos sexuales que pueden ser usados según el capricho de un goce perverso.

Hier ist kein warum. Aquí no hay ningún por qué, le dice el Kapo de la barraca de Auschwitz – Monowitz a Primo Levi. Precisamente allí es donde operamos nosotros.   Alojar los por qué del sujeto, escuchar en esa pregunta el despliegue del deseo, reconocerlo y acompañarlo, desde las perspectivas en que cada uno desarrolla su actividad y su práctica, creo que es hoy el denominador común que nos reúne. No es que tengamos las respuestas a esos por qué, si bien algunas intuimos. Ciframos nuestras esperanzas, fundadas no meramente en ilusiones, sino en una práctica responsable, de que el sujeto no está delimitado por un alambrado electrificado que lo separa y lo segrega, sino que se aloja en la frontera, en ese espacio transicional donde es posible el juego, el sueño que preserva el dormir, el trabajo productivo. Pero esa frontera, ese espacio habitable debe ser resguardado cada día, porque es altamente vulnerable ante la eficacia mortífera del sistema concentracionario.

El ejemplo de Levi nos indica un camino posible: la escritura. Nuestro trabajo como psicoanalistas tiene un innegable parentesco con la escritura. Nuestros pacientes vienen a consulta a narrar sus historias, aquello que no sabrían decir a nadie es puesto en juego en la transferencia. Y juntos escribimos. Escribimos, analista y analizante una historia de vida. Muchas veces esa escritura implica la reescritura de otras historias, historias oficiales, agujereadas por palabras silenciadas, jamás pronunciadas. Otras veces escribimos algo que jamás había sido inscripto en ningún lugar, y debemos  construir esa superficie para escribir.

Creo que el hecho de que la convocatoria proveniente de algunos psicoanalistas haya encontrado tamaña repercusión entre otros analistas y muchos que no lo son, indica el grado de vitalidad de nuestro arte, su entramado profundo en las prácticas culturales y su necesidad de nutrirse de otros discursos y otros saberes.

Quizás encuentros como el de estos dos días puedan ser un modo de hacerlo.

¿Se ha vivido realmente algo que no se alcanza a narrar, cuya verdad, aún mínima, no se alcanza a reconstruir significativamente, haciéndola así comunicable? ¿ Vivir de verdad no es transformar en conciencia –es decir en vivencias memorizadas, al tiempo susceptibles de pasar a ser proyectos- una experiencia personal? ¿Pero puede uno asumir una experiencia cualquiera sin llegar a dominar más o menos su lenguaje? ¿O sea la historia, las historias, los relatos, las memorias, los testimonios, la vida? ¿El texto, la misma textura, el tejido de la vida?

Jorge Semprún, Aquel Domingo (59)

 Es un hijo del siglo... pero mejor todavía sería definirlo como un símbolo de nuestro siglo. Siempre he pensado que sería capaz, si se diera el caso, de construir una bomba atómica y dejarla caer sobre Milán simplemente “para ver qué pasa”.

Primo Levi, Historias Naturales

 ¿Amigos?...Si los encierras juntos en un cuarto sin comida, una semana entera... ENTONCES verás lo que son los amigos!

Maus, Art Spiegelman

En ese momento ya no había familias. ¡Cada cual se ocupaba de sí mismo!

 Primo Levi, “Si esto es un hombre”

En el interior se impone una lógica implacable: cada uno será despojado de todo lo que posee.Pero pensad cuánto valor, cuánto significado se encierra aun en las más pequeñas de nuestras costumbres cotidianas, en los cien objetos nuestros que el más humilde mendigo posee: un pañuelo, una carta vieja, la foto de una persona querida. Estas cosas son parte de nosotros, casi como miembros de nuestro cuerpo; y es impensable que nos veamos privados de ellas, en nuestro mundo, sin que inmediatamente encontremos otras que las sustituyan, otros objetos que son nuestros porque custodian y suscitan nuestros recuerdos. (28)

En ese mundo no hay ningún por qué. No hay siquiera a quien formularle la pregunta. El Otro es anónimo. En todo el testimonio de Levi una sola vez relata haberse cruzado con un oficial de las SS, y esto ya cuando el campo estaba siendo abandonado bajo el fuego ruso. Esta desposesión de los objetos personales va acompañada por la reducción de los individuos a un número, tatuado dolorosamente en el antebrazo. La tarea que se le impone a Levi es preservar de cualquier modo que sea, alguna traza de humanidad, algún jirón de deseo de vivir.

Nos quitarán hasta el nombre; y si queremos conservarlo deberemos encontrar en nosotros la fuerza de obrar de tal manera que, detrás del nombre, algo nuestro, algo de lo que hemos sido, permanezca.

¿Cómo es posible golpear sin cólera a un hombre?,  se pregunta. ¿Cómo es posible ejercer la violencia brutal sin el menor atisbo de emoción? El torturador, en este estado de cosas, ni siquiera goza sádicamente, es sólo un instrumento anónimo de la operación de liquidación de los sujetos. El odio es personal, pero los oficiales del campo no tenían rostro ni nombre.

Por cierto que es en los puntos de fracaso de este dispositivo donde anida alguna esperanza de justicia. Los “escraches” de hoy en día, los juicios y detenciones de antiguos torturadores o guardianes de los campos, revelan que algunos rostros, algunos nombres, han escapado a la maquinaria anónima, y por ellos puede reclamarse la responsabilidad.

La obra de Primo Levi  “ha usado el lenguaje mesurado y sobrio del testigo, no el lamentoso lenguaje de la víctima ni el iracundo lenguaje del vengador” 185, lo que la hace particularmente...El primer oficio de un hombre es perseguir sus propios fines por medios adecuados, y quien se equivoca lo paga... (13)

¿Cómo vamos a pensar? No se puede pensar ya, es como estar ya muertos. (23)

“Hier ist kein warum” (31)

...aun en este sitio se puede sobrevivir, y por ello se debe querer sobrevivir, para contarlo, para dar testimonio...  (43)

Si desde el interior del campo algún mensaje hubiera podido dirigirse a los hombres libres habría sido éste: no hagáis nunca lo que nos están haciendo aquí. (58)

Sueño típico: contar a su familia la vida del campo, pero nadie lo escucha.

Escena repetida de la narración que se hace y nadie escucha (65)

Historias de una nueva Biblia (70)

Torre de Babel (78)

Escribo aquello que no sabría decirle a nadie (149)

Hoy pienso que, por el hecho de haber existido Auschwitz, nadie debería hablar en nuestros días de Providencia; pero lo cierto es que en aquel momento, el recuerdo de los salvamentos bíblicos en las adversidades extremas pasó como un viento por todos los ánimos. (165)

En el Lager se pierde la costumbre de esperar y también la confianza en la propia razón. En el Lager pensar es inútil, porque los acontecimientos se desarrollan las más de las veces de manera  imprevisible; y es perjudicial, porque mantiene viva una sensibilidad que es fuente de dolor y que alguna próvida ley natural embota cuando los sufrimientos exceden un límite determinado. (179)

Es no humana la experiencia de quien ha vivido días en que el hombre ha sido una cosa para el hombre (homo homini lupus). (180)

El odio es personal, los perseguidores nazis no tenían rostro ni nombre (184)

La necesidad de hablar a “los demás”, de hacer que “los demás” supiesen, había asumido entre nosotros, antes de nuestra liberación y después de ella, el carácter de un impulso inmediato y violento...este libro lo escribí para satisfacer esa necesidad; en primer lugar, por lo tanto, como una liberación interior’ (10)

Hoy, este verdadero hoy en el que estoy sentado a una mesa y escribo, yo mismo no estoy convencido de que estas cosas hayan sucedido de verdad. (110)

Porque aquella mirada no se cruzó entre dos hombres; y si yo supiese explicar a fondo la naturaleza de aquella mirada, intercambiada como a través de la pared de vidrio de un acuario entre dos seres que viven en medios diferentes, habría explicado también la esencia de la gran locura de la tercera Alemania. 112/13

 Para sobrevivir, hace falta contar historias. U.Eco, La isla... pag.173

 

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